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Investigar en la licenciatura, ¿para qué y para quién? | Opinión

Nexos | Mario Alberto Benavides Lara | 19.abril.2017

Generalmente existe una distinción —más o menos aceptada por todos— respecto a lo que implican los estudios de licenciatura frente a los de posgrado. Mientras los primeros se enfocan en la profesionalización para el trabajo no académico, los estudios de posgrado, especialmente el doctorado, se piensan desde la producción de conocimientos originales, como resultado de la investigación que implica el trabajo académico.

Por otro lado, con la emergencia del modelo de la “universidad de investigación” (Altbach, 2007) se tienen datos que indican que en el mundo, algunas universidades –incluyendo a ciertas instituciones mexicanas– han pasado de privilegiar un modelo de universidad de enseñanza a focalizar mayores recursos en la investigación. Así, mientras que del año 2007 al año 2013 aumentó en un 14.9% el número de docentes que laboraban en las 45 principales universidades autónomas estatales y federales, el incremento de investigadores, en estas mismas universidades, correspondió a un 40.2% (UNAM, 2015).

Esta tendencia coincide con estudios que revelan la preferencia de los académicos por realizar investigación por encima de su interés por enseñar. De esto se tiene que, a partir de información de un estudio auspiciado por la Carnegie Foundation en 1992 y los resultados del estudio Changing Academic Profession realizado en 2008, en donde se compararon en ambos casos las preferencias de los docentes por una u otra actividad, en México las preferencias por la investigación sobre la enseñanza aumentaron de 37 a 46%; similares resultados tuvieron las universidades de países emergentes como Brasil, China, Sudáfrica y Malasia (Cheol y Cummings, 2014).

Si bien en números totales los docentes mexicanos siguen siendo muchos más que los investigadores, sorprende el empuje que ha tenido el incremento porcentual de los investigadores contratados. Aunque hay que advertir que el aumento en las capacidades de investigación no implica que se vea reflejado directamente en investigación efectiva, dado que influyen otros factores como la infraestructura o los recursos disponibles en cada universidad.

¿Qué más nos dicen estos datos sobre las universidades en general y sobre las universidades mexicanas en específico? En primer lugar, podría decirse que se confirma a la investigación como una tendencia que, cada vez más, define a las universidades. La producción de conocimiento se coloca como el motivo y razón de ser de muchas universidades ya que de esta actividad depende buena parte del financiamiento que reciben y el prestigio que tienen. De ahí que tanto las universidades como las políticas destinadas a ellas estén apostando por incrementar su capacidad investigativa.

En el caso de México, a la vez de confirmar esta tendencia, también se observa un relativo éxito de la política de financiamiento a la educación superior. Aun cuando existen muchos cuestionamientos hacia ésta, lo cierto es que con base en el indicador de investigadores contratados y su dedicación a esta actividad, en razón de los estímulos que reciben para ello –principalmente a través del SNI-, se puede afirmar que los logros alcanzados sí han redefiniendo al sistema de educación superior.

Sin embargo, esta situación ha implicado que los académicos contratados por medio tiempo, o tiempo completo, busquen cada vez más una carrera de investigador. Paralelamente, con su paulatino abandono de las aulas, también se han registrado incrementos en la figura del profesor de asignatura, haciendo que en las universidades haya una desvinculación entre investigación y enseñanza.

Pero ¿por qué es importante que en la licenciatura exista una relación entre la investigación y la enseñanza? Mucho se ha hablado acerca de la importancia de que la educación superior desarrolle una serie de capacidades que puedan ser aplicadas en diferentes contextos profesionales. De esta manera la educación superior incluye, idealmente, el desarrollo de capacidades de vincular y aplicar el conocimiento en la realidad; el uso de herramientas que permitan analizar y utilizar datos; la capacidad de construir argumentos basados en evidencias; la capacidad de producir ideas propias y escribirlas; así como el vincular la teoría con la práctica. Esto, sólo por mencionar algunas capacidades que se esperaría adquirieran los estudiantes universitarios.

Como se puede observar, estas capacidades son posibles de desarrollar por medio de la actividad investigativa, o al menos existe un número suficiente de estudios empíricos que así lo señalan (Brew, 2010). A esto habría que añadir las contribuciones que el trabajo de investigación tiene para el estudiante, en términos de la claridad sobre su disciplina dando como resultado un mejor conocimiento de la “cultura de su profesión”. Contradictoriamente, las actuales políticas hacia la educación superior bregan en sentido opuesto al que, desde la lógica de la pedagogía y el aprendizaje, se esperaría que cumplieran. Las consecuencias de esta desvinculación se viven en muchos ámbitos; no es poco usual que los investigadores se quejen de que sus alumnos de posgrado no tengan capacidades de lectura especializada, búsqueda de información o integración de la misma. En el caso de los estudiantes, especialmente aquellos que cursan carreras de ciencias sociales, es común que señalen la nula relación entre lo que ven en la clase y la práctica de su profesión; finalmente los empleadores arguyen que los egresados tienen un conocimiento limitado, tanto de su profesión, como del uso de herramientas aplicables en el trabajo.

Lo que de aquí se desprende es la necesidad de seguir construyendo maneras de fomentar en los estudiantes una mejor comprensión del sentido que adquiere para ellos su educación y cómo ésta se traduce en su aprendizaje. En México esta urgencia de vincular la enseñanza con la investigación no es nueva, la UAM con su figura de profesor-investigador nació en los 70 con la encomienda de aliviar esta tensión, aunque sin lograr consolidar este modelo en el tiempo.

En el rastreo de experiencias actuales, que muestren vinculaciones innovadoras y exitosas entre ambas actividades, nos encontramos con la experiencia de Colombia, donde se ha impulsado una política de “Semilleros de Investigación”, cuya principal característica es que los estudiantes de licenciaturas sean quienes desarrollan y aplican proyectos de investigación con impacto real mientras son asesorados por un investigador; en línea con los planteamientos del undergraduate research o investigación formativa que durante muchos años se ha impulsado en Inglaterra y Australia, principalmente. Como parte de estos semilleros, los jóvenes universitarios se agrupan en núcleos de investigación, sostienen encuentros regionales y nacionales, exponen sus investigaciones y las dan a conocer con el apoyo de sus universidades de manera sistemática y permanente a lo largo de su carrera universitaria, a diferencia de, por ejemplo, los veranos de investigación en México que están acotados a siete semanas; en los semilleros son los propios estudiantes quienes tienen el papel protagónico en la investigación.

Estas experiencias internacionales, aunadas a las que se vienen impulsando en cada universidad mexicana, como los programas de becarios, pueden constituir el germen de una reforma pedagógica universitaria que impacte en la formación de los estudiantes, favoreciendo la relación entre enseñanza e investigación. Habrá entonces que explorar el camino del cambio en la universidad un poco más desde una racionalidad que combine, sí la implementación de políticas para las universidades, pero desde una racionalidad más pedagógica.

 

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