Ayotzinapa: llamada de atención (segunda parte)

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 11 Enero 2012. Publicado en David Calderón - Blog, Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 3546

Como comenté en la entrega anterior, los eventos de estas semanas y especialmente la tragedia del 12 de diciembre han traído a la luz la realidad de las Normales rurales. El amargo rostro de la educación nacional se vio no sólo en la desesperada protesta, justificada en algunos aspectos, resentida y anacrónica en otros, de los normalistas, sino también en la falta de preparación y de criterio de los policías federales y ministeriales que acudieron a contener a los manifestantes.

Más de la mitad de los policías en México no rebasan la secundaria como máximo nivel de estudios, y en general destaca en ellos su falta de preparación profesional específica para la tarea de resguardar el orden público. No sólo tienen un conocimiento gravemente deficiente del orden jurídico nacional y de las elementales tácticas de despliegue, sino que no cuentan –en la mayor parte de los casos- con una visión sana del respeto a los derechos humanos en el uso legítimo de la fuerza. En el informe preliminar que presentó la Comisión Nacional de Derechos Humanos este lunes, se destaca la incoordinación entre los policías federales y los ministeriales, la elección de armamento inaceptable, la percusión de armas de fuego abundante y caótica, los disparos intencionados a los estudiantes hoy difuntos, las declaraciones falsas, la manipulación de la escena y las evidencias, y la indignante e injustificada omisión de acción penal de parte de las autoridades.

La forma en que están educados los policías no asegura la tranquilidad de los mexicanos y, salvo honrosas excepciones- son un peligro, pero no para los criminales, sino para sus conciudadanos, e incluso para sus compañeros de otras corporaciones o hasta para sus colegas cotidianos. Su preparación física, psicológica y ética los pone en condición de disparar sin recibir orden, o con saña, o tan descoordinadamente que pueden matar a sus compañeros con fuego por la espalda o asesinar un transeúnte inocente.

Contener turbas amenazantes, lidiar con bloqueos violentos que implican insultos, empujones, pedradas y hasta objetos en llamas de parte de los indignados no es fácil; nunca lo ha sido, en ninguna parte del mundo. Los fenómenos de exaltación callejera ocurren en cualquier parte del mundo, y aún en sociedades de altísima civilidad, como las escandinavas, no ha dejado de darse algún tipo de enfrentamiento en el pasado reciente. Precisamente por su universalidad y su inquietante virulencia, la contención de estos eventos corresponde a profesionales, que estudian tácticas específicas y siguen protocolos oficiales, cronometrados, asentando evidencia y con un comando central claro y responsable. Es un tema de ética aplicada, un tema de gobernabilidad democrática y un tema de sencilla decencia.

Nada más lejano a lo que ocurrió en la Autopista del Sol. Lo triste es pensar que maestros en ciernes, con formación deficiente y que, incluso de buena fe, promueven medidas que los dejarían todavía postrados en una profesión de segunda (como bajar los requisitos de ingreso, o pelear por la adjudicación inmediata de la plaza), se enfrentan a policías maleducados en todos los sentidos de la palabra. Se antoja escuchar a unos y a otros: “Déjame ser mediocre, tener una prebende de por vida y decidir unilateralmente que el revolucionario soy yo, que estoy justificado a robar y a amenazar, y el que se me opone o me cuestiona es un burgués privatizador y homicida”, contrapuesto a “Déjame actuar sin escrúpulo ni límite, poner orden por la amenaza, el miedo y el uso de la fuerza bruta, déjame darles una lección a estos estúpidos y romperles sus ganas de protestar”.

Unos y otros tienen padres y madres, hermanas y amigos que se sienten ofendidos por la crítica o la incomprensión. Pero se necesita una gran honestidad cuando tratamos estos temas, y quitarse los lentes distorsionadores de las ideologías. Sin conocer de mis antecedentes personales, y en general con faltas de ortografía, muchos “maestros rurales” han atacado no mis argumentos, sino que un investigador de una organización de sociedad civil trate el tema, porque –escribieron- hay sólo un normalista rural puede tratarlo adecuadamente. Es una contradicción grosera un normalista guiado por el prejuicio y la intolerancia; hoy más que nunca requiere mantener un contacto constante y ampliado con el resto de la sociedad. Ayotzinapa nos pone un espejo que nos hace ver feos y sucios: no hemos sabido transformar la profesión docente, y los policías actuando con brutalidad y deshonestidad son parte de la consecuencia.

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
Conoce mi trayectoria.

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