Ayotzinapa: llamada de atención (primera parte)

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 28 Diciembre 2011. Publicado en David Calderón - Blog, Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 4072

Ha debido ser la tragedia de la muerte de dos jóvenes la que ponga en la agenda el tema de las normales rurales. De otro modo, para la mayor parte de los mexicanos son una realidad ajena. Pero el pasado 12 de diciembre la postración de la educación nacional se vio no sólo del lado normalista, sino también del lado policíaco. Un grupo de jóvenes enardecidos desde sus demandas, chocando con un grupo de adultos -la mayoría no mayores por muchos años con respecto de los manifestantes- peligrosamente desordenados en su comando caótico y ausente profesionalismo en el uso de la fuerza pública.

Las normales rurales serían un interesante caso de focalización en la formación docente, si no fuera porque arrastran en su diseño mismo los remanentes de un arreglo largamente superado por la realidad. Son oficialmente diecisiete en el país, una pequeña muestra entre las más de cuatrocientas escuelas formadoras de maestros que tienen sostenimiento público. Aquí vale un paréntesis: si en la mayoría de los niveles y tipos educativos, como desde Mexicanos Primero hemos mostrado con la evidencia de los datos duros, las escuelas privadas del país tienen logros educativos de bajo nivel, cercanos a las públicas, sin que su privilegio signifique diferencias sustanciales, en el caso de las Normales el caso es patético: salvo honrosísimas excepciones que se cuentan con los dedos de una mano, las Normales privadas obtienen peores resultados que las públicas, en todas las evaluaciones hechas desde cualquier ángulo: aprovechamiento, gestión, exámenes estandarizados. Pero regresando al caso de las rurales, la mayoría fueron, como Ayotzinapa, creadas en los años veinte del siglo pasado. La idea -el ideal- era generar un compacto y decidido grupo de agentes sociales, jóvenes que supieran de la necesidad de sus comunidades y que conectaran ese saber de la carencia con el saber de la abundancia que construirían en sus instituciones modelo: el egresado de la Normal Rural sería no sólo un capaz maestro de primeras letras, sino también un gestor de desarrollo y un animador cultural... Mezcla de pedagogo, comisario agropecuario y pionero soviético, el maestro rural sería el rostro del gobierno federal mexicano, organizador de faenas comunitarias, teatro popular, incubador de microindustrias, defensor de los símbolos patrios y aguerrido detractor del fanatismo religioso. Para hacer la adecuada transformación del adolescente campesino, tímido y callado, en desenvuelto líder/evangelista del progreso, estarían internados en la escuela, con una férrea disciplina y un sistemático bombardeo cultural para asumir los valores y tareas que la Patria -la morenaza de los libros de texto gratuito- les confiara; las Normales Rurales guardaron un enorme parecido a la escuela de menores infractores que describe Anton Makarenko en la novela autobiográfica "Banderas en las Torres".

Con el arreglo sindical y oficial, las Normales rurales se convirtieron en una atractiva opción para salir de la miseria: antes que pensar en la movilidad social de las mayorías por vía de una educación exigente y actualizada, prevaleció la visión de la movilidad social de los pocos que entraran, destinados a ser los embajadores de caciques locales, supervisores poderosos, líderes del "sector campesino" del PRI, agentes de los partidos de izquierda, sinarquistas encubiertos. Como puede acumularse en los testimonios, la entrada era selectiva, pero no por perfil o examen, sino por recomendación de familiares, amigos y clientes políticos: el supervisor tenía derecho a veinte lugares por generación, cada egresado a uno más de su parentela o preferencia, el director a cinco, etcétera. Escandaliza este arreglo, pero al menos en las normales rurales la tradición de trabajo duro y semimilitarizado produjo excelentes maestros; en las urbanas, incluso en algunas de las hoy pomposamente llamadas "Beneméritas y Centenarias" la práctica era la misma, pero la exigencia mucho menor. Los padres campesinos razonaban que, aún en el caso de que sus hijas e hijos no tuvieran vocación o capacidad, al menos se harían de ciertas habilidades y le bajarían a la presión para alimentar y alojar a uno de la familia por al menos cuatro años.

Los inquietos sesentas y setentas del siglo veinte encontraron a las Normales rurales como focos de concientización y movilización. Hubo de todo, pero en general la tónica fue de un despertar para no asumir el papel subordinado de operario, sino el de combatiente revolucionario. Como los estudiantes de humanidades de la UNAM o los rasposos universitarios poblanos, la marcha, la asamblea interminable, el plantón, la expropiación de autobuses, estaciones de radio o instalaciones oficiales, el autogobierno, el boteo y el volanteo fueron aprendizajes nuevos y radicales, a veces en detrimento de las habilidades y competencias profesionales de lo que uno estudiaba formalmente.

En 2011, algunas de esas prácticas se fijan, tercas, en la vida de los normalistas. Lo que es una gran hipocresía es que, de repente, les lluevan apoyos morales de la CNTE y hasta del SNTE; lo que es lamentable es la criminalización prejuiciosa y clasista que hacen comentaristas improvisados y Observatorios oportunistas. Continuaremos en el siguiente artículo.

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
Conoce mi trayectoria.

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Comentarios (1)

  • Miguel

    09 Octubre 2014 a las 09:39 |
    Muy interesante su artículo. Compártanos sus fuentes. Como opinión creo que es bueno

    responder

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