CONAFE: 40 años cerrando brechas

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 14 Diciembre 2011. Publicado en Blog de Mexicanos Primero, David Calderón - Blog | Vistas del artículo: 4498

Este año se cumplieron 40 años de trabajo del Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE), una institución enfocada en la noble labor de brindar alternativas de educación básica a niños y jóvenes que viven en comunidades alejadas en condiciones de pobreza y marginalidad. Sin duda, ésta es una tarea que no sería posible de completar sin el trabajo, a veces poco valorado, de 35 mil hombres y mujeres jóvenes que abrazan la labor docente y se trasladan a comunidades en la montaña, desierto o selva.

Quienes pasamos la experiencia de ser instructores comunitarios, además de vernos exigidos por el enorme compromiso de contribuir en el aprendizaje de nuestros niños y jóvenes, tuvimos la fortuna de ver la riqueza y diversidad de nuestro país, y también el contraste de las indignantes carencias de su gente. El impacto que causó en mi vida fue muy profundo y duradero; me dio motivos para entender a la educación como un ejercicio de libertad y de justicia, convicción que hasta el día de hoy ha guiado mi vida profesional y mi participación en iniciativas ciudadanas. Lo que viví como instructor de Conafe, orientó mi acción al compromiso para tratar de cerrar las brechas que hoy todavía lastiman a los mexicanos.

El primer recuerdo que viene a mi mente al pensar en la comunidad a la que fui asignado como instructor comunitario, es la lección que recibí de la gente del pueblo sobre el valor del trabajo colectivo. Participé en la reparación de un puente colgante en medio de la sierra, y ahí pude constatar la gran sabiduría de los pueblos originarios de México con la idea del "tequio", esa contribución regular en trabajo efectivo a lo que es un bien público y del cual todos somos responsables. La experiencia, que me impactó mucho, la he descrito en un pequeño apartado del libro de texto gratuito Formación Cívica y Ética, de sexto de primaria.

En algunas ocasiones sentí que no podía continuar porque me daba cuenta de mis grandes limitaciones para enseñar lo que yo mismo no entendía muy bien, o los casos en los que el reducido castellano de los niños con los que trabajé hacía casi imposible la comunicación entre nosotros. Cuando eso me pasaba, recordaba lo que me dijo un maestro indígena, el supervisor de la zona escolar más cercana a mi comunidad. Él me dijo: "no eres el maestro que queremos y no eres lo que esperábamos. Pero no seas el hilo podrido por el que se rompe el mecate. Que cuando llegue el verdadero maestro de esos niños, no maldiga el mal trabajo que hiciste". Esa advertencia, y saberme parte de una cadena de maestros que tenían que apoyar a esos niños, me hacía sobreponerme y volver a intentar lo que no estaba funcionando.

También me enfrenté al obstáculo de la incomprensión de otras costumbres y puntos de vista, especialmente de parte de los adultos de la comunidad en la que trabajé. Me tomó mucho tiempo ganar el respeto y la confianza de las autoridades del pueblo, pero creo que se logró porque apreciaron que había una sincera dedicación de apoyar a los niños más pequeños. Otro gran obstáculo fue no contar con materiales mínimos para escribir o dibujar con los niños; la adaptación que nos funcionó fue ir a la orilla del río y usar el lodo fino de la orilla para trazar con ramas las formas de las letras, mapas y números.

Hoy en día trato de echar mano de las enseñanzas que me brindó la comunidad en la que estuve. Especialmente trato siempre de recordar esta convicción de los indígenas: si alguien se queda afuera de algún beneficio, entonces éste no vale la pena, y es más un motivo de agravio y de soberbia. Todos somos diferentes, pero cada uno merece tanto como el otro.

Para mí ha sido muy importante, gracias a la experiencia en Conafe, descubrir que todos estamos compartiendo conocimientos la mayor parte del tiempo, pero que no nos damos cuenta y no lo valoramos lo suficiente. También entendí que el conocimiento se hace patrimonio de todos cuando uno sabe contar historias, poner ejemplos y usar imágenes, más que recurrir a teorías elaboradas o a esquemas complicados.

El Conafe fue importante para mi desarrollo profesional porque me ayudó a tener una disciplina básica para cumplir mi deber sin tener sistemas de control que me regulen externamente. Como instructor comunitario uno aprende a tomar responsabilidades con la conciencia de que, si uno no hace la parte que le toca, afecta gravemente la vida de otros.

El trabajo como instructor me dejó la gran enseñanza de que todos los niños, sin excepción, pueden aprender y merecen el máximo apoyo posible, y también que este país se ha equivocado todas las veces en las que no confiamos en la responsabilidad y compromiso de que los jóvenes son capaces.

Este año se cumplieron 40 años de trabajo del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), una institución enfocada en la noble labor de brindar alternativas de educación básica a niños y jóvenes que viven en comunidades alejadas en condiciones de pobreza y marginalidad. Sin duda, ésta es una tarea que no sería posible de completar sin el trabajo, a veces poco valorado, de 35 mil hombres y mujeres jóvenes que abrazan la labor docente y se trasladan a comunidades en la montaña, desierto o selva.

Quienes pasamos la experiencia de ser instructores comunitarios, además de vernos exigidos por el enorme compromiso de contribuir en el aprendizaje de nuestros niños y jóvenes, tuvimos la fortuna de ver la riqueza y diversidad de nuestro país, y también el contraste de las indignantes carencias de su gente. El impacto que causó en mi vida fue muy profundo y duradero; me dio motivos para entender a la educación como un ejercicio de libertad y de justicia, convicción que hasta el día de hoy ha guiado mi vida profesional y mi participación en iniciativas ciudadanas. Lo que viví como instructor de Conafe, orientó mi acción al compromiso para tratar de cerrar las brechas que hoy todavía lastiman a los mexicanos.

El primer recuerdo que viene a mi mente al pensar en la comunidad a la que fui asignado como instructor comunitario, es la lección que recibí de la gente del pueblo sobre el valor del trabajo colectivo. Participé en la reparación de un puente colgante en medio de la sierra, y ahí pude constatar la gran sabiduría de los pueblos originarios de México con la idea del "tequio", esa contribución regular en trabajo efectivo a lo que es un bien público y del cual todos somos responsables. La experiencia, que me impactó mucho, la he descrito en un pequeño apartado del libro de texto gratuito Formación Cívica y Ética, de sexto de primaria.

En algunas ocasiones sentí que no podía continuar porque me daba cuenta de mis grandes limitaciones para enseñar lo que yo mismo no entendía muy bien, o los casos en los que el reducido castellano de los niños con los que trabajé hacía casi imposible la comunicación entre nosotros. Cuando eso me pasaba, recordaba lo que me dijo un maestro indígena, el supervisor de la zona escolar más cercana a mi comunidad. Él me dijo: "no eres el maestro que queremos y no eres lo que esperábamos. Pero no seas el hilo podrido por el que se rompe el mecate. Que cuando llegue el verdadero maestro de esos niños, no maldiga el mal trabajo que hiciste". Esa advertencia, y saberme parte de una cadena de maestros que tenían que apoyar a esos niños, me hacía sobreponerme y volver a intentar lo que no estaba funcionando.

También me enfrenté al obstáculo de la incomprensión de otras costumbres y puntos de vista, especialmente de parte de los adultos de la comunidad en la que trabajé. Me tomó mucho tiempo ganar el respeto y la confianza de las autoridades del pueblo, pero creo que se logró porque apreciaron que había una sincera dedicación de apoyar a los niños más pequeños. Otro gran obstáculo fue no contar con materiales mínimos para escribir o dibujar con los niños; la adaptación que nos funcionó fue ir a la orilla del río y usar el lodo fino de la orilla para trazar con ramas las formas de las letras, mapas y números.

Hoy en día trato de echar mano de las enseñanzas que me brindó la comunidad en la que estuve. Especialmente trato siempre de recordar esta convicción de los indígenas: si alguien se queda afuera de algún beneficio, entonces éste no vale la pena, y es más un motivo de agravio y de soberbia. Todos somos diferentes, pero cada uno merece tanto como el otro.

Para mí ha sido muy importante, gracias a la experiencia en Conafe, descubrir que todos estamos compartiendo conocimientos la mayor parte del tiempo, pero que no nos damos cuenta y no lo valoramos lo suficiente. También entendí que el conocimiento se hace patrimonio de todos cuando uno sabe contar historias, poner ejemplos y usar imágenes, más que recurrir a teorías elaboradas o a esquemas complicados.

El Conafe fue importante para mi desarrollo profesional porque me ayudó a tener una disciplina básica para cumplir mi deber sin tener sistemas de control que me regulen externamente. Como instructor comunitario uno aprende a tomar responsabilidades con la conciencia de que, si uno no hace la parte que le toca, afecta gravemente la vida de otros.

El trabajo como instructor me dejó la gran enseñanza de que todos los niños, sin excepción, pueden aprender y merecen el máximo apoyo posible, y también que este país se ha equivocado todas las veces en las que no confiamos en la responsabilidad y compromiso de que los jóvenes son capaces.

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
Conoce mi trayectoria.

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