Concurso de Plazas: ya no a las reformas tímidas

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 13 Julio 2011. Publicado en David Calderón - Blog, Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 3826

Este próximo domingo 17 de julio se realizará el Examen de Conocimientos y Habilidades Docentes, la pieza central del Concurso de Plazas 2011. Maestros en cada estado realizarán un examen estandarizado para colocarse como aspirantes a una de las 8,575 plazas para los que son de nuevo ingreso (es decir, para egresados de normales y otras escuelas formadoras de docentes, y que aún no fungen ni como interinos ni como titulares de un grupo) o, si ya están en servicio, para obtener la plaza definitiva de entre las otras 6,142 disponibles para tal fin. Esas 14, 717 plazas de jornada se disputarán al lado también de una multitud de horas, para ir ajustando un primer paquete o para, como se dice entre los maestros, “copetear” las asignaciones y alcanzar el equivalente a un tiempo completo (Hay 50,524 horas para los de nuevo ingreso y 30,049 para los que ya tienen algún tipo de asignación).

Será el cuarto ejercicio nacional de su clase, si no contamos el fatídico y vergonzoso “concurso intermedio” de más de dos mil plazas, colgado como burla entre los concursos 2009 y 2010. Por increíble que suene, hasta hace cuatro años, las asignaciones de plazas docentes en la mayor parte del país (algunas entidades, como Nuevo León y Yucatán, eran honrosísimas excepciones antes de ese tiempo) se asignaban sin un criterio basado en el mérito, y no era extraña la herencia y la venta de esa condición de servicio público. Trabajosamente –y como lo comentaré más adelante, no sin retrocesos y titubeos- se estableció el principio de que toda plaza docente en el país debe ser concursada en un proceso público, equitativo y con certeza. Los buenos maestros –aspirantes o ya en funciones- respiraron con alivio; los no tan buenos, se angustiaron; los que han vivido del comercio extralegal y la construcción de un mercado negro de favores han gruñido como jabalíes heridos… ¿será que de verdad ya perdieron su negocio?

¿Qué se ha ganado? Un principio cultural: ser maestro es un bien público que se ha de resguardar, buscando a los candidatos idóneos y abriendo una trayectoria profesional en la que el avance sea referido a los logros como educador y no a la astucia de negociador, el comercio ilegal de apoyos sindicales o electorales, la sumisión a determinadas figuras locales o nacionales.

No podemos esperar que los maestros del país hagan su tarea, animando el aprendizaje de nuestros hijos o apoyándolos en la maduración de su papel de ciudadanos, cuando los maestros mismos no son evaluados sistemáticamente y con el máximo rigor, y cuando no se resguarda su condición de agentes libres y responsables. ¿Cómo educar a un pueblo a pensar, si aceptamos que sus mentores sean ellos mismos repetidores acríticos o que no se sometan a un escrutinio académico? ¿Cómo educar a un pueblo a participar en democracia, si sus mentores tienen miedo de que sus derechos individuales no puedan ser exigidos por ellos mismos?

¿Qué no se ha ganado aún? En primer lugar, que queden claros los criterios por los cuales se abren o liberan plazas. Sin un Padrón que permita ver el flujo inequívoco de jubilaciones y vacantes definitivas, y sin los criterios de programación detallada y nueva creación (ambas cosas más oscuras, todavía, que los documentos secretos de la Inquisición) no podemos dar por buena la afirmación “todas las plazas se concursan”. Los funcionarios federales y estatales lo saben bien, y lo confiesan en privado: las irregularidades de Sinaloa, Tlaxcala e Hidalgo, las sospechas en Veracruz y la multitud de anécdotas en otras entidades, además del accidentado concurso propio de Michoacán y el tímido aparecer de Oaxaca nos trazan todavía un mapa de oprobio. Aún no se concursan todas las plazas, y los ciudadanos debemos ser severos para corregir a quien nos quiera ofrecer una falsa tranquilidad.

En segundo lugar, ni el examen, ni la calificación del concurso mismo tienen la solidez que corresponde a un cambio sustancial. El examen y otros requisitos son todavía un mecanismo muy pobre para algo tan delicado como una definitividad. Lo que no captamos es que conceder una plaza en el sistema educativo nacional es un nombramiento vitalicio y prácticamente irrevocable para que una persona se encargue del aprendizaje de cincuenta o más generaciones de alumnos, en grupos que van de 25 hasta casi 60 alumnos por ciclo. Desde la sociedad civil y la academia hemos insistido en que el examen debiera ampliarse y complementarse con un portafolio de evidencias, la observación de aula y un periodo condicional con una tutoría clara antes de conceder la plaza. La calificación del concurso es célebre por su disparatada condición, en la que el estándar general se altera para tener un referente estatal; una “cuchareada” que asegura exigencias menores en los estados de más bajo desempeño. Sin una institución imparcial y técnicamente solvente, como el INEE mismo o algo de semejante capacidad y rigor, el Concurso se acerca peligrosamente al sorteo.

Una última reflexión es una nota de agravio: en este examen se decidió que los resultados ya no se expresarían en tres rangos: “Aceptable”, “Requiere Nivelación” y “No aceptable”, para dejar sólo los dos extremos. Ser laxos con la calificación de los que un día deberán, a su vez, calificar, es una invitación a la mediocridad como destino. Evaluar es más que calificar, pero lo incluye. Rehuir la calificación es apostar por reformas tímidas.

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
Conoce mi trayectoria.

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