Dos concursos, dos premios

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 21 Octubre 2009. Publicado en Blog de Mexicanos Primero, David Calderón - Blog | Vistas del artículo: 3763

Hace unos días, en el Alcázar del Castillo de Chapultepec, fueron premiados algunos de los mejores maestros, directores y asesores técnico-pedagógicos de México. Me quedé conmovido y edificado. A la tarde siguiente me tocó -fue fortuito, pero uno diría artero- ver un promocional en televisión sobre un programa, algo de "corazones", en el que hombres ya mayores, de 50 para arriba, eran provocados por las solicitaciones apenas veladas de mujeres con poca ropa. Quedé indignado y ofendido.

Creo que el arco que marcan esos extremos retrata bien los formidables retos que presenta la educación nacional. Por un lado, el trabajo callado, insistente, de gota de agua en la roca de los profesores, directores y asesores técnico-pedagógicos de a pie; aquí el riesgo, el reto, es que lo distorsionado del sistema y lo ingente de la labor  no se acabe comiendo las mejores energías.

Todos los ganadores del Premio ABC son maestros de diez; pasaron por una criba que deja fuera a quienes no tengan voluntad de hierro y corazón de oro. Son maestros que tienen los mejores resultados en los Exámenes Nacionales de Actualización, que presentaron evidencia del avance en el aprendizaje de los grupos a su cargo; son cumplidores -cuando menos 95 por ciento de asistencia que, tristemente, puede no ser algo típico del magisterio nacional- y reconocidos por sus colegas y alumnos, que son quienes los postulan con cartas de adhesión.

Gladis, de Torreón, sacude a los maestros para que mejoren el dominio de lectura y escritura; Javier, de Aguascalientes, propone que los directores también pasen por concurso de oposición para llegar al puesto; J. Jesús, de Moroleón, trabaja la historia con material didáctico que él mismo diseñó en su primaria; Graciela, de San Miguel Contla, Tlaxcala, lucha por un sistema educativo incluyente y trabaja en la integración de alumnos con discapacidad. Ya no sigo, pero encuentro en cada uno a un héroe, una heroína, un maestro del cual de veras aprendemos.

Me encantó que la ceremonia fuera en el Castillo: Realmente valió la pena reunir a esa aristocracia del mérito, reyes y reinas del compromiso, ejemplos tangibles de que la tradición del buen maestro mexicano no ha muerto, sino que está viva y toma formas adaptadas y eficaces en el siglo XXI.

Mi última reflexión fue hacia los padres, las autoridades y los medios de comunicación: que no nos pase como con los Niños Héroes, que en ese mismo Castillo se sacrificaron por la patria; que no tengan que sufrir y morir para que reconozcamos la deuda que tenemos con ellos - que tal vez más que Escutia y sus compañeros - nos pueden dar patria y libertad.

En el otro lado, ya no es vulgaridad, chabacanería y mercantilismo del rating: ya es ofensa. La televisión mexicana se está llenando de concursos y realities que compiten entre sí, pero en la pendiente extrema: a ver cuál es más escandaloso, más grotesco, más subido de tono.

Si ya con la telenovela cuesta trabajo encontrar un rasgo redimible en sus historias inverosímiles y su repetición de estereotipos, si ya los programas de humor son conversaciones de cantina proyectadas en cadena nacional, llenos de albures y referencias ofensivas, los recientes programas de concurso son de verdad descorazonadores.

¿De verdad será tanta la necesidad de dinero o de una superficial fama, como para ser exhibido, forzado, ridiculizado en público? ¿Estamos ya tan corrompidos en el gusto y en el ánimo, como para que nos parezca normal que a las cinco de la tarde pasen a estos, de otra manera venerables, ancianos ser hostigados con coqueteos sexuales? La educación de un pueblo no sólo ocurre en el aula, sino también en la pantalla, y hay ocasiones que esta presenta una propuesta lamentable.

Dos concursos que tienen dos premios. Uno, el de la televisión, implica humillación, reiterando la bajeza posible en nuestra condición. Otro, el de los maestros, implica orgullo, reconociendo el mérito y la capacidad de sobreponerse a las limitaciones del entorno.

El premio de unos es irse a sus casas, más envilecidos de como llegaron y los afortunados, si cabe la ironía, ganadores ,con un poco de dinero y lo sobresaliente de haber servido de bufones en una sociedad que se da permiso a sí misma de nadar en la cloaca y chapotear en la vergüenza. El premio de otros es volver a sus escuelas con el respeto de Lujambio y del gobierno estatal, de la sociedad civil y de sus alumnos, de sus familias y su comunidad. ¿Cuál resultado quiere usted que se siga premiando?

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
Conoce mi trayectoria.

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