El sentido de conocer y reconocer a nuestros maestros

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 08 Septiembre 2017. Publicado en David Calderón - Blog, Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 484

Publicado en Animal Político 7|9|2017

Definitivamente, es certera la intuición que los propios maestros tienen: tu educación es tan buena como el maestro menos capaz que tuviste. Lo que se logra en la sucesión del trabajo con un grupo, al paso de los años, y lo mismo con cada niño, es tan fuerte como el más frágil de sus maestros. En la academia, la referencia, con un comparativo empírico de logro en sistemas nacionales escolares, es Michael Barber y Mona Mourshed: “la calidad de un sistema educativo no puede superar la calidad de sus maestros”.

Uno de los mejores predictores de lo que una persona le puede aportar a la sociedad es todo aquello que, a su vez, le aportaron sus maestros. Todos nosotros, al enorgullecernos legítimamente de cuanto hayamos alcanzado en nuestra carrera y profesión, debemos poner el antecedente obligado de nuestras familias como punto de partida –que explica mucho de lo que no hemos logrado- pero tenemos que reconocer con honestidad que mucho de lo que sí logramos está fuertemente vinculado a los maestros que tuvimos, los que nos retaron, nos consolaron, nos tuvieron paciencia, nos mostraron derroteros nuevos.

A pesar de un sesgo pesimista en la academia, especialmente preocupante en los evaluadores de nuestro país, el origen de cada persona no determina rígidamente su destino. El “contexto”, famoso e inasible villano de todos los cuentos superficiales para justificar los fracasos de gobiernos y programas, “no nos deja”. Acostúmbrense, nos dicen: alcanzar lo que los niños y jóvenes se merecen, lo que es su derecho, no será posible en muchas generaciones; convenientemente, cuando ya no se puede hacer responsables a funcionarios y planificadores, “hasta décadas después se ven los efectos”. Bueno, ¿y las fases intermedias? ¿y las metas de avance en logro, no en insumos o gasto? ¿No se podría ya ponerlas a examen, para confirmar que todo va correcto? En fin, dejemos la falta de rendición de cuentas, por ahora, y regresemos al asunto de los maestros.

Las transferencias condicionadas de dinero ayudan, pero el camino sustentable para una nación nunca será el subsidio permanente, sino el empoderamiento de las personas y las comunidades. No alcanza con que se redistribuya la riqueza económica y cultural –lo que en sentido estricto nunca pasa, pues el “repartidor”, Mercado o Gobierno que sea, se autosirve la mayor tajada. Lo que en realidad funciona es que las personas y las comunidades puedan pasar a ser constructores de su propia riqueza económica y cultural con los medios propios de cada campo de acción y en el proyecto legítimo y solidario que a cada uno mejor satisfaga. Los apoyos que se reflejan en una tarjeta de plástico son masivos y los efectos –mismo tratamiento a una diversidad de personas- no lleva, por lógica, a la verdadera equidad e igualación de terreno, sino a una apenas mitigación a la baja, un mínimo y solo aparente común denominador que, de nuevo, genera brechas al interior del “padrón de beneficiarios”.

Precisamente la escuela pública es la “máquina anti-destino”: es el dispositivo cultural que -no mágicamente, sino con una intervención vigorosa de atención, respeto y empoderamiento- puede romper la transmisión intergeneracional de la pobreza, la inercia del prejuicio, la conformidad con “esto es lo que hay”, con “siempre ha sido así”. El proyecto liberador de la escuela pública es irrenunciable; tener guarderías de diversos tamaños y equipamiento para sólo empollar la desigualdad y volverla a escupir a las calles y las plazas nueve o doce años después no hace sentido.

En contraste con las transferencias impersonales, la educación como estrategia de desarrollo social no puede hacer abstracción de las personas. Sólo una persona educa a la persona. Libros, computadoras y demás soportes son mediaciones; sólo en una relación personal nos educamos.

No podemos escogerle a los niños quiénes serán sus padres -aberrante distopía- ni podemos pedirles que en su próxima reencarnación no sean negligentes y mejor escojan -ahora sí- una familia de mayor ingreso y escolaridad, o hasta en otro país, de preferencia. Pero sí podemos, en cambio, como comunidad seleccionar a sus maestros. Podemos ponerles delante ejemplos actuantes de personas, mujeres y hombres equilibrados, que no han traicionado su asombro, que saben explicarse y explicar el mundo; personas que animan sin halago falso, que corrigen sin desdén, que modelan actitudes sin suplantar decisiones. Personas que nos dejaron, por el contacto con ellas, mejor que como nos encontraron. Personas que hicieron “escalón” con su brazos y nos encaramaron para ver más allá de la barda de nuestra ignorancia y nuestra autocomplacencia. Personas de justicia, que nos formaron para enfrentar con dignidad y coraje la injusticia, el abuso y el maltrato. Maestros de los que aprendemos.

Todo sistema escolar del mundo puede ampliar sus oportunidades y sus alcances, y con ellos de la sociedad nacional en la que está incrustado, sólo si sus maestros son un grupo de personas críticas, creativas, disciplinadas e innovadoras, aprendices consumados que contagian las ganas de entender y transformar lo que nos rodea.

Por eso, aunque cúpulas sindicales y académicos sesgados quisieran seguir pregonando que es “punitivo” consolidar la profesión docente, la evidencia presente –y también la acumulada de muchas generaciones, en todas las culturas, en todo el mundo- señala que ofrecer oportunidades y desarrollar capacidades en los maestros es el camino maestro para cumplir con el derecho de sus alumnos.

Tenemos que conocer a los maestros, y tenemos que reconocer su labor. Por eso, en Mexicanos Primero no sólo buscamos estudiar, criticar y proponer el desempeño de los sistemas escolares de cada estado, diseñar propuestas para el marco normativo, divulgar las exigencias de mejora. Queremos conocer a los maestros y ayudar a que se reconozca su papel de agentes de cambio, cómo son los auténticos protagonistas de la transformación educativa que se viene dando, con tropezones y esperanza, en México. Por ello, cada año y desde hace diez, proponemos al homenaje generalizado, a la buena fama pública, a la gratitud debida a un grupo sobresaliente de maestros y directivos de escuela pública.

Estos maestros de los que aprendemos no son “perfiles y parámetros” abstractos. Son personas reales. De la zona conurbada del Estado de México. De las serranías de Guerrero. De la zona maya de Yucatán. Del áspero, por ahora, Tamaulipas, y Zacatecas. Sus historia son maravillosas precisamente porque no son fantasiosas. No se esperaron a que las reformas hicieran efecto en un futuro abstracto. Se comprometieron a ser transformadores en su aquí y ahora. Los invito a conocerlos y reconocerlos. Son los que mueven hacia arriba el promedio; no son excepcionales, sino ejemplares: todo maestro puede inspirarse en sus acciones. Son gente como uno, maestros como uno. Son personas que no son “objeto de política pública” sino sujetos de su profesión. Todavía son pocas las oportunidades de decirles gracias, de ponderar y agradecer lo que hacen. Pero no hay que desaprovechar ésta. Pueden no sólo ser maestros de sus niños; si de verdad nos importa la educación, pueden ser maestros nuestros, de todos nosotros.

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
Conoce mi trayectoria.

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