La multitud silenciosa y cómplice

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 02 Abril 2013. Publicado en David Calderón - Blog, Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 4212

La escuela, como espacio privilegiado para el aprendizaje, debe proveernos de las herramientas y habilidades necesarias para saber y saber hacer, pero igualmente para saber ser y saber convivir. Pero si la escuela está ella misma plagada por la violencia, y nos acostumbramos a su insidiosa presencia, entonces la esperanza quedará herida y caeremos en una contradicción mayúscula, en una contradicción en mayúsculas: el laboratorio de la paz habrá dejado de cumplir su función, y en lugar de influir en su contexto, habrá dejado entrar una de sus peores limitaciones.

En los últimos años, con gran impotencia hemos asistido a un recrudecimiento de la violencia física, que impacta negativamente los alrededores inmediatos de la escuela: fuego cruzado en las calles cercanas, retenes ilegales en las zonas rurales, e incluso el fenómeno de extorsión o secuestro de maestros, instructores comunitarios y padres de familia. He tenido la pena de escuchar historias acerca de zonas de Guerrero, Durango o Nuevo León que se están despoblando de maestros porque piden su cambio ante el riesgo que les representa la sencilla asistencia a su centro de trabajo; es comprensible, pero los niños y sus familias se quedan ahí, con la violencia-ambiente y sin clases.

No podemos circunscribir las dificultades al llamado “bullying”. El hostigamiento violento entre pares por parte de los niños y adolescentes es muy lamentable, pero no es la única posibilidad; hay también violencia entre los adultos, y de los adultos con respecto de los niños. Por ello, es más preciso y completo hablar de “violencia escolar”. No sólo hay que considerar actos explosivos de daño físico concreto; el maltrato –sea abuso verbal, discriminación, burla, humillación- incluye también las actitudes, y puede englobar a la comunidad escolar entera: ir a la escuela puede experimentarse como agresión, por la hostilidad sufrida en el salón, en el patio, a la salida.

La violencia en la escuela es un tema de apremiante actualidad y de definición misma del éxito educativo. ¿Qué nos está pasando? ¿Hay objetivamente un aumento de la violencia? “La letra con sangre entra” fue la divisa de humillaciones a los alumnos de menor desempeño; a veces fueron los propios padres los que incitaban a los maestros a usar medidas disciplinarias desproporcionadas y a mantener en la escuela un ambiente contrario a la empatía y la compasión.

¿Por qué puede instalarse la violencia en la escuela? Básicamente por un mecanismo de transferencia: abuso y sumisión son la mayor parte de las veces conductas que se inician en el hogar y se llevan a la escuela. De ahí la gran responsabilidad de los padres y madres; con honestidad debemos preguntarnos qué aprenden de nosotros, de nuestras actitudes y formas de afrontar el desacuerdo. ¿Está bien pegar primero y luego averiguar? ¿Tener mayor fuerza da derecho al despojo y a la grosería? Revisemos si el mensaje que les damos es “vales poco, y es normal que te maltraten”; “no puedes esperar una intervención inmediata de un adulto que impida el daño y sancione la ofensa”. El abuso y la sumisión suelen aprenderse, y en ello la dinámica familiar es fundamental.

Lo que más favorece la violencia escolar –como la social- es la multitud silenciosa y cómplice. Si como adultos reforzamos a la generación joven el decreto de que lo mejor es no intervenir, dejar que pase y suspirar aliviados que “no nos tocó” o peor, hacer el juego y la comparsa festejando al abusivo, entonces no esperemos que acabe la violencia escolar. Es más, no esperemos que acabe la violencia fuera de la escuela, porque el principio es el mismo: el abuso se da por que hay un abusivo en un contexto de impávidos, negligentes y/o cobardes. Los grandes crímenes universales, como los genocidios contra gitanos, judíos, indios americanos o armenios fueron posibles por “gente como uno”, por la pasividad de los muchos ante la violencia de pocos.

Para superar la violencia en la escuela y en torno a ella, no sirven medidas superficiales ni aisladas. Hay esperanza en cambios normativos recientes –cinco entidades ya tienen leyes específicas al respecto- y se avanza en experiencias de prevención de la violencia conducidas por colectivos de padres y maestros, organizaciones de la sociedad civil, grupos de pedagogos y psicólogos, equipos especializados de los gobiernos locales. La idoneidad de los maestros, en su capacidad también de poner orden con justicia y sin violencia, es otro de los aspectos que deberemos cuidar en el servicio profesional docente que propone la reforma al 3o constitucional.

No se trata de mirar al pasado con nostalgia, sino de creer y de crear una escuela distinta. Necesitamos todos, en los hechos, empeñarnos en que el sistema escolar funcione como dispositivo cultural para reinventarnos como sociedad

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
Conoce mi trayectoria.

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Comentarios (1)

  • Alberto Serdán Rosales

    02 Abril 2013 a las 18:40 |
    Muy buen artículo.

    responder

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