La promesa de la escuela II

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 09 Septiembre 2009. Publicado en David Calderón - Blog, Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 4331

Contener la deserción es una tarea inexcusable del sistema educativo mexicano. ¿Por qué es tan crítica y, en sentido estricto, tan insultante? Porque esos alumnos sí llegaron a la escuela, pero se nos fueron. Estuvieron sentados ahí, en el aula -o su precario equivalente-, y se nos perdieron.

Es muy diferente comparar los datos de cobertura con los de deserción. En los informes oficiales ya se volvió eslogan, mantra o letanía hablar de que en México ya se logró, o casi, la "cobertura universal de educación básica".

Pero en primer lugar la cobertura sólo registra la proporción de la población que entró a la escuela; no nos indica si permaneció. En segundo lugar, los datos no verifican si niñas y niños llegaron al lugar que les corresponde, porque el indicador se saca comparando la población estimada de cuatro a 15 años -dato Conapo- con la encuesta de registro de alumnos -estadística 911, de la SEP-, y entonces resulta que el total nacional para primaria es un fenomenal 101 por ciento... lógicamente imposible.

El Tercer Informe de Gobierno, apenas rendido la semana pasada, anota ufano que para toda la educación básica de preescolar hasta secundaria ya se llegó a 99.5 por ciento de cobertura y para 2010 se rebasará el 100 por ciento (p. 455). Una elegante nota a pie de página aclara lo que le comenté arriba, sobre lo juguetón de los datos.

¿Y sobre deserción? La única mención en el informe, perdida al interior de una tabla en la página 461, anota para el ciclo que apenas concluyó un 1.1 por ciento para primaria y 6.8 por ciento para secundaria. Juntos, en el ciclo que pasó, y siguiendo los cuestionables datos oficiales, se nos fue medio millón de niños y jóvenes que sí se inscribieron.

En paralelo a lo que alguna vez planteó Carlos Monsiváis cuando se refirió a los campesinos enlistados en las diversas facciones de la lucha armada en la Revolución, que más que "revolucionarios" fueron "revolucionados", creo que a esos alumnos que ya no están, hay que llamarles "desertados" y no "desertores".

Sin pretender quitar responsabilidad a los niños y jóvenes que no vuelven, sino distribuyéndola con respecto de los adultos que deben tutelar su derecho a la educación (sus padres, sus maestros y los funcionarios del ramo, para empezar), es claro que en la mayor parte de los casos no se trató de una decisión libre y soberana de los ahora exalumnos, sino de procesos accidentados, de despotismo, miseria o desánimo.

La semana pasada comenté con usted dos perspectivas: la deserción que llamaré coloquialmente "por rebote" (las demandas académicas y/o disciplinarias de la escuela no se ajustaron para ese estudiante en concreto, hasta que se le expulsó activa o pasivamente) y la que denominaré "por insolvencia".

La oportunidad educativa que se concreta en la escuela es, para usar una imagen, como tomar a diario el tren. En el primer caso, el alumno quiso subirse, pero rebotó varias veces o incluso lo empujaron, hasta quedarse en el andén. En el segundo caso, el alumno quiso subirse, pero no tuvo ni siquiera la energía para llegar al andén por donde pasa todos los días.

En una excelente investigación, recientemente publicada, Gonzalo Saraví documenta cómo va cobrando una inquietante frecuencia la decisión de dejar la escuela por falta de sentido.

Como ya le adelantaba hace ocho días, en jóvenes de contextos vulnerables pasa que la deserción también se presenta desde un ángulo distinto del rebote y la insolvencia: el sinsentido del hacer y del estar en la escuela. El trabajo no es el competidor; más bien se trata de una evaluación descorazonadora: ¿para qué me quedo, si no me va a servir?

Estos jóvenes de la deserción por desánimo hacen el cálculo doble: la escuela es gravosa por sus estructuras anticuadas, sus prácticas tediosas y sus perspectivas pobres, pero sobre todo porque -consideran- para ellos no hay evidencia palpable de que les ofrezca un cambio de vida: la escuela -piensan- va a quedar como promesa incumplida.

Regresando a la imagen del tren: unos se bajan porque creen que este tren no va a ninguna parte; hace como que se mueve, pero la verdad es que no lleva adonde promete.

¿Podemos decir que son unos inconscientes, que su evaluación de la movilidad que brinda la escuela está equivocada? Esos muchachos de piercing barato y bromas pesadas no pueden ser desautorizados tan fácilmente, y con agudeza van a la raíz del problema. Nos obligan a ser honestos: la escuela de calidad cambia vidas; otra no.

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
 
Conoce mi trayectoria.

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