Las enseñanzas de don Carlos

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 15 Julio 2009. Publicado en David Calderón - Blog, Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 4159

Hay días en los que uno siente que prevalece en México la desmemoria y la improvisación en las políticas educativas. Pero también hay un tesoro en la tenacidad y constancia de algunos investigadores educativos, que con y contra la corriente nos siguen llamando la atención sobre aquello que sólo puede construirse en una visión de mediano plazo. El rigor y la urgencia no están peleados, es sólo nuestra falta de visión la que nos hace pensar que puedan ir por separado. Porque lo que es verdadero, vale la pena que se ponga en acción ya.

Hoy le quiero compartir algunas joyas que obtengo, en un saqueo de novato, del trabajo fiel y de altísima calidad de don Carlos Muñoz Izquierdo. Con una trayectoria de aporte académico que daría para ya sólo tirarse a la hamaca y vivir de la fama reciclada, don Carlos -siempre gentil, siempre sereno, siempre profundo- sigue provocándonos con la juventud de sus reflexiones.

Hace unos días, en un congreso educativo en Michoacán -tan cerca del narco y tan lejos de la calidad educativa-, don Carlos provocó con las preguntas: ¿Y por qué, después de estos años de esfuerzo y de dinero, prevalece el rezago educativo? ¿Por qué, aunque ya cambiamos de generación, más de 30 millones de mexicanos siguen sin alcanzar la meta de escolaridad mínima obligatoria que corresponde a los 15 años, es decir, la secundaria completa?

Después provocó con las respuestas: la exclusión, el bajo aprovechamiento que condiciona la extraedad (repetir, irse quedando) y finalmente el abandono. Pero, de nuevo hay que preguntarse: ¿Y eso por qué pasa?

Porque el ambiente es pobre, responden muchos; pero don Carlos nos recuerda que no hay fatalidad por sí misma, que la escuela no está condenada a repetir el ciclo de marginación. Hay escuelas efectivas, que no se distinguen ni por mejor condición socioeconómica de los padres, ni por más recursos (no son escuelas ricas en ambientes pobres), ni siquiera por diseños diferentes al de la currícula común. Cito: Ninguna de ellas -ni sus profesores- realizan cosas extraordinarias; sólo hacen bien, con responsabilidad y rigor, lo que se espera de ellos. No obstante, obtienen resultados extraordinarios con sus alumnos, logrando neutralizar las interferencias -de diversos tipos- que dificultan los resultados de aprendizaje.

¡Ah qué don Carlos! Ahora resulta que, según esto, la escuela no tiene que ser el reflejo de la comunidad, sino su proyecto... resulta que nos podemos proponer que la escuela cumpla su papel de redistribuir las oportunidades vitales. ¡Pues claro! Para eso, en primer lugar, tenemos escuelas. Pero ese resultado, romper el ciclo de la marginación, no es un efecto casual: viene de una voluntad explícita y compartida de que la escuela organice los recursos humanos y materiales con el fin de asegurar el aprendizaje de todos sus alumnos.

¿Por qué se perpetúa el rezago? Porque aumentó la matrícula, pero no los recursos suficientes para asegurar un cierto nivel en los servicios; porque la educación formal para los estratos de menor nivel socioeconómico no responde a los intereses de esos sectores: la distribución de oportunidades educativas es fruto de la negociación con el poder político (¡zas!, pobres escuelas para los pobres, porque no hay un refuerzo de poder que les permita demandar algo mejor); porque el gasto en estímulos a maestros -ni vertical, ni horizontal- ha servido para mejorar el aprovechamiento de los alumnos; porque las reformas educativas no han sido sistémicas, sino acumulativas; porque los funcionarios y maestros no han sido preparados para tomar en serio el riesgo educativo: a los alumnos con rendimientos menores a lo esperado simplemente se les deja caer.

¿Y entonces? Don Carlos no se arredra, y tira a gol: concentrémonos en el suceso. Tal vez no podemos cambiar de un día para otro las condiciones circundantes, pero sí podemos atajar el suceso diario de no aprender, de quedarse atrás. ¿Cómo? Con cambios pedagógicos focalizados; con cambios administrativos convergentes; con un cambio político: valorar el peso de los sin peso, la voz de los sin voz; con un cambio financiero: poner recursos en forma inteligente para cerrar la brecha de aprovechamiento. No sólo es justo y democrático, también es costo-efectivo: los alumnos de rendimientos bajos son los que pueden mejorar en el tiempo más breve y con la inversión más corta. ¡Gracias, don Carlos! Ya entendí que el rezago de los estudiantes está en nuestro rezago de decisión.

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
 
Conoce mi trayectoria.

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