Lo bueno también cuenta: la sociedad civil en México

Escrito por JUAN ALFONSO MEJÍA LÓPEZ el 09 Noviembre 2017. Publicado en Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 155

Publicado en El Heraldo 9 |11|2017

Para Ernest Gellner, la salud democrática de un país se mide por la vitalidad de su sociedad civil. En su estudio, Condiciones sobre la libertad (1994), el estudioso británico demuestra que la diferencia básica entre el comunismo de antaño en los países de Europa del Este y las democracias liberales de Occidente radica en las posibilidades de progreso o estancamiento generado desde el interior de sus sociedades.

Ilustrar esta afirmación es factible a partir de la experiencia mexicana. Contrario a lo que suele defenderse, los últimos 30 años han sido favorables para México en el balance general. Luego de la debacle económica de 1994, no hemos vuelto a vivir una experiencia de semejantes dimensiones; a partir de 1988, hemos gozado de un pluralismo a lo largo y ancho del territorio del país; nunca se había extendido tanto la clase media en tan poco tiempo. Este devenir histórico, ¿tiene algo que ver con el fortalecimiento de la sociedad civil en México?

Hablar de una correlación directa entre la consolidación de este sector y los avances en México resulta aventurado en este espacio. Sin embargo, nadie puede negar su franco crecimiento, así como su diversidad y alcances.

La forma en que se les contabiliza habla de su evolución y pluralidad: mientras el Indesol tiene registradas más de 27 mil actores sociales inscritos con denominación Cluny, el SAT estima la presencia de 9 mil 137 donatarias al mes de julio; el Inegi utiliza su propia forma de medición.

La variedad en número corresponde a la multiplicidad de sus vocaciones. Mientras algunas organizaciones dedican sus esfuerzos a la filantropía; otros colaboran en la gestión pública, en una suerte de consultoría; y otras, centran sus esfuerzos en calificar la demanda, generando metodologías, y propuestas accesibles a la ciudadanía.

Dependiendo de su enfoque, las organizaciones civiles han ganado experiencia en la construcción de incidencia e interlocución, guardando los equilibrios necesarios de independencia y objetividad. Con esto subrayo, no todas las organizaciones se dedican a la asistencia social ni amplían la oferta gubernamental. Sin embargo, no por considerar lo público como parte de su responsabilidad, por activarse a favor de una causa y creer en la libre determinación de los individuos de asociarse con motivo de una acción colectiva, están contra todo lo que huela a gobierno. Eso es falso. Les anima edificar un Estado democrático, con espacios para el diálogo y capacidad de incorporar la participación social.

La indiferencia o el desconocimiento de esta realidad por parte del gobierno – y ciudadanos – puede hacer caer hasta al observador más minucioso en un error de cálculo de proporciones poco valoradas hasta este momento. Impulsar una sobrerregulación de las organizaciones vía el SAT, argumentando la necesidad de mayor transparencia, implica un desconocimiento del sector, así como de su funcionamiento cotidiano, cuando no de una injerencia en su forma de organización. Sobre el artículo 82 y su fracción V de la ley del ISR habrá tiempo de profundizar.

 

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JUAN ALFONSO MEJÍA LÓPEZ

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