Los muchísimos libros

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 10 Febrero 2010. Publicado en David Calderón - Blog, Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 4635

¿Exageración? Zaid ha hablado de "los demasiados libros" pero los más de cinco mil millones de libros generados por la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos (CONALITEG) en los últimos 50 años... eso sí que es mucho.

 

 

Con esa inundación de libros, usted podría suponer que la lectura es ya un rasgo inherente, distintivo del mexicano...y no, la verdad es que no. El 47 por ciento de los jóvenes mexicanos que presentaron la evaluación PISA 2006, no entienden lo que leen; y tal vez más dramático, el 33 por ciento de los maestros de primaria y el 20 por ciento de los de secundaria admiten no leer ni siquiera un libro al año.

En la escuela mexicana se aprende a leer, pero no del todo se da el paso de leer para aprender. La decodificación no da lugar a la comprensión, la apropiación. Recordemos nuestros tiempos en la escuela... durante miles de horas, la vida del aula tenía como referente el libro que leíamos, que berreábamos a coro, que subrayábamos hasta casi pasar la tinta al otro lado de la página. ¿Se acuerda que leíamos y nos aprendíamos de memoria la hoja del libro que nos tocaba exponer al día siguiente y dedicábamos poca o nula atención a la anterior o la sucesiva? Total, ésas no nos las iban a preguntar. Hoy la situación en el aula no ha cambiado mucho: basta con platicar con nuestros hijos sobre su día a día en el salón de clases para darnos cuenta de que la historia se repite.

¿Qué tanto el libro de texto sirve para introducir a otros libros? ¿Nos da una primera experiencia gozosa, aunque acotada, que luego refrendamos con la fruición de reincidir en otro y otro más, los muchos libros? ¿O, por el contrario, nos "vacuna" y ya no concebimos otra lectura que no sea la forzosa y superficial? El libro de texto no se agota como vehículo de contenidos o guía de aprendizaje; es también arquetipo y condiciona mucho de las actitudes posteriores que sobre los demás libros manifestemos. Forrado, inmaculado y virgen, nos contaba una historia de veneración y alejamiento. Hoy es más frecuente el otro extremo: tachado, doblado, chorreado, roto, block improvisado de dibujo, las cicatrices del libro nos pueden hablar de disgusto, desánimo y aburrimiento.

Un dilema que no ha resuelto la pedagogía es el equilibrio entre la lectura placentera y la práctica del estudio. Por supuesto que la letra no entra mejor con sangre, sino con sonrisa, con imaginación y ensueño; por eso los libros de texto están -estaban- llenos de cuentos, poesías y fábulas, por eso la insistencia en contar con bibliotecas de aula, para tomar el libro que a uno le apetezca. Pero no todo puede ser placer; el principio de realidad señala que la escuela debe también desarrollar la capacidad para la lectura utilitaria, de recolección de información y contrastación de modelos. Ni hablar: largas sesiones de lectura silenciosa y solitaria, con toma de notas, síntesis y paráfrasis, son indispensables para desarrollar con éxito la mayor parte de las tareas de una actividad laboral o cultural de cierto valor. Si la escuela con sus libros de texto no alcanza a convertirse en comunidad de estudio, la lectura no llevará a la producción de textos propios y los alumnos no podrán aspirar a mucho más que ser consumidores acríticos, o de plano abstemios totales.

Los libros de texto de la reforma actual, emprendida por la SEP, no animan ni convencen. Si rápido extinguimos la tradición de libros de texto cuidados, de gran aspiración, estaremos probablemente aumentando la vulnerabilidad de aquellos que viven en comunidades pequeñas y dispersas o en entornos de marginación urbana. En cambio, ante la chillona y desbordante oferta de la ciudad contemporánea (en 17 ciudades de México se concentra el 90 por ciento de las oportunidades estructuradas extraescolares de aprendizaje del país: bibliotecas, museos, teatros, estadios, etcétera), los nuevos libros pueden vivirse como menús chatos, protocolos de aprendizaje que no generan ninguna pasión ni consolidan adquisiciones permanentes. Como tales, como libros, representan involución y no parece que logren mucho ni en campo ni en ciudad.

En ambos casos, el papel del maestro es clave. Ella o él pueden hacer, con textos de mejor o peor nivel, la principal diferencia. El propio sistema ya mostró que se puede vivir sin "acabar el libro"; la propuesta multigrado demuestra que se puede educar sin depender del libro prescrito para el grado, sino concentrándose en los aprendizajes... Yo prefiero buenos maestros a buenos libros; los buenos libros de texto pueden quedar obsoletos en poco tiempo, pero un buen maestro no se deja llegar nunca a ese punto.

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
 
Conoce mi trayectoria.

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