Los muchísimos libros (parte 2)

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 24 Febrero 2010. Publicado en David Calderón - Blog, Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 4383

Hace algunos días compartí con usted algunas reflexiones sobre la compleja relación entre el libro de texto y el maestro, y por qué, aun con una sistemática inundación de millones de libros, México no es todavía un país de lectores. Generación tras generación de estudiantes mexicanos -la inmensa mayoría de ellos- conocieron sus primeras letras a partir de los libros de texto gratuitos; estos ejemplares se presentaban como la única guía disponible para el aprendizaje y el único recurso pedagógico para el maestro. El libro de la SEP y el maestro llegaron a ser "uno mismo", pero no en condiciones de igualdad: al parecer, el libro se desayunó al maestro. Ese modelo está en crisis.

¿A quién se le ocurrió, en primer lugar, que debiera haber libros de texto editados en masa por el gobierno mexicano? Este programa -uno de los más extensos, intensivos, duraderos y costosos de toda la educación mexicana- es producto de la confluencia de las inquietudes de un maestro hijo de maestro, René Avilés Rojas, continuando el ideal de Rébsamen a favor de una educación popular de calidad, y por el otro lado, del proyecto de educación nacionalista de Jaime Torres Bodet para el régimen de López Mateos.

La perspectiva de inclusión, planteada por Avilés Rojas, fue aprovechada por el sistema que funcionaba en una perspectiva de consolidación gubernamental, administrado por Torres Bodet; lo que resultó fueron libros de texto únicos y obligatorios para todo el territorio nacional, reflejos autorizados de cada plan de estudios, puntos de referencia obligados para mantener la disciplina de cada entidad federativa, de cada zona escolar, de cada maestro. Se dijo que, si la Constitución establece el mandato de la gratuidad de la educación, entonces era necesario hacer la entrega gratuita de libros de texto a los niños.

Durante las siguientes décadas, la educación básica tuvo un significante palpable, concreto, tangible: ser alumno era equivalente a tener esa colección de libros en la mano, en la mochila y el pupitre. La escuela se consolidó como texto, más que como centro escolar: mientras se garantizara que la distribución de los libros alcanzaría a cada alumno, los edificios podían quedar en segundo plano. Un cuartucho de tejamanil o un silo de granos en el último rincón de la patria podía ser escuela, con tal de que los asistentes tuvieran en mano los deslumbrantes libros de texto editados en el Centro.

Esa exposición tan masiva a un mismo recurso de aprendizaje tuvo, por supuesto, impacto en nuestra forma de aprender. A nivel macro, los libros de texto fueron una clara estrategia de control homogeneizador del gobierno federal sobre las regiones, y también una forma más de hacer sentir la mano pesada sobre la escuela privada: sin importar que fuese judía o católica, bilingüe, Montessori o Waldorf, el libro de la SEP era -quiso ser- el único referente de aprendizaje en el salón de clase.

También su efecto en la gestión y gobernabilidad del sistema es enorme. Con libros de texto así, la tarea docente quedó con pocos márgenes de libertad. Sin decirlo nunca del todo, el sobreentendido que se instaló es que los contenidos correspondían al libro, mientras que el maestro se reducía a la ejercitación: los alumnos aprenden el concepto del libro, y el profesor ejemplifica, "toma la lección", organiza la lectura coral o sucesiva del texto, revisa las tareas, prepara más ejercicios en la misma línea que se señala en la página equis. El avance de los programas era "hasta donde vamos en el libro", y la angustia se cernía: "¡No lo vamos a acabar!"

La evidencia señala que mientras menos variados sean los recursos de aprendizaje, los maestros encontrarán menos motivación y entusiasmo al momento de planear e innovar sus clases. Pongámonos en el lugar de los maestros: si año con año debemos dar la misma clase, con el mismo método y el mismo libro, la tentación de regresar siempre a nuestros amarillentos apuntes sería enorme. Tampoco crecería nuestra motivación para ser un experto, pues ya el libro de la SEP "lo dice todo".

Acabaron por ser el equivalente a un disco duro externo en donde están los contenidos, las ilustraciones, los saberes; programados por educadores expertos, ilustrados por los mejores artistas nacionales, verificados en su cumplimiento y estricto apego por los supervisores, quiso reducirse al docente mexicano de primaria a sólo un aplicador y dosificador, un operario; ahora sí que a un "trabajador de la educación".

Se logró mucho, pero a un costo muy alto. Los libros de texto gratuitos, como promotores de la equidad e inclusión educativa, debieran ser una herramienta que apoye la labor del maestro en el aula. El tener ahora libros tan desajustados y tan feos puede ser una oportunidad. Está bien tener muchísimos libros, pero es mejor contar con muchísimos maestros comprometidos con la educación de calidad.

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
 
Conoce mi trayectoria.

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