Mujeres y Educación

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 08 Marzo 2011. Publicado en David Calderón - Blog, Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 5474

Para mis compañeras, las Mexicanas Primero

Ayer celebramos el Día de la Mujer y, como nunca, es relevante preguntarnos por su papel en la educación. Son, por supuesto, protagonistas indiscutibles; más allá de la floritura retórica, la evidencia nos muestra rasgos diferenciados con respecto de los varones, y vale la pena detenernos a revisar algunos.

Si entendemos educación como se hace en el mundo contemporáneo, es decir, como el proceso de aprender toda la vida y ser apoyado solidariamente para lograr el máximo despliegue de todas las capacidades en cada ser humano, el cuidado materno –o su ausencia- marca profundamente la posibilidades educativas de la humanidad. Con nuestras madres respiramos y nos alimentamos de gestos, de los fundamentos del lenguaje, de la orientación de los afectos. No sólo se concreta el impulso biológico a resguardar la prole, sino que se comunica, más vivencialmente que en ninguna clase que después tomemos, lo que puede servirnos para habitar nuestro contexto y para expresar nuestra individualidad.

Recuerdo con profunda emoción cómo Don Samuel Ruiz me contó lo que a él, mestizo del Bajío, le enseñaron las mujeres tzotziles. En palabras suya, filtradas por mi recuerdo, decían estas mujeres: “Ustedes quitan todo porque tienen miedo. A nuestros chiquitos los traemos a la espalda y ven el mundo a nuestro nivel. El indio aprende a ver y a oír igual que su madre. Pero ustedes los dejan en el suelo, y todo los puede lastimar. Sus mamás los cargan, pero sólo un rato… luego los dejan en el suelo y están desvalidos y tristes. Por eso se enseñan a agarrar, a arrebatar; así se les quita el miedo de ser chiquitos en un mundo grande. Al indio no le da miedo el mundo grande, sino el hombre que arrebata”. No sé que tan compartida sea esa visión entre las medres indígenas, pero ciertamente los años tempranos no pueden ser vistos como inertes, sólo dedicados a alimentar un bultito sin conciencia; de cero a tres años nos jugamos el desarrollo neurológico de cada generación.

Desde hace pocos años, pero con gran fuerza, se va asentando en los organismos internacionales la idea de activistas sociales, filántropos y científicos, de que no pueden separarse nutrición, cuidado y educación temprana. Nutrir a cada ser humano es un continuo que va desde la ingesta y la oxigenación hasta la estimulación de los sentidos y la manifestación afectiva. La coordinación motora y visual, la memoria auditiva, el sentido de equilibrio serán vitales para las tareas posteriores del habla, la escritura, la organización del espacio, la comprensión matemática… y luego el pensamiento crítico, la imaginación creativa, el discernimiento ético.

Pero si las madres no son apoyadas en su papel de educadoras originarias por sus parejas –no hay plena comprensión de la maternidad si no hay la corresponsabilidad de la paternidad- y por la comunidad, los logros son pequeños y los riesgos son grandes. Obviamente está el punto de partida: que la pobreza y la marginación no dañen la posibilidad del cuidado materno elemental. Y después, el factor inmediatamente más importante después de la subsistencia: que cada madre cuente a su vez con la posibilidad de seguir aprendiendo.

La escolaridad de las madres no sólo guarda una relación directa con la salud y desarrollo temprano de sus hijos –más años de escuela típicamente se traducen en más capacidad para procurar servicios a favor de los hijos- sino que son un fuerte predictor de su desempeño académico: en México, como en todo el mundo, la tendencia es que en cada generación el nivel previsible para cada niña y niño es, como mínimo, la escolaridad actual de su madre.

Dice el viejo adagio: “educa a un hombre y educarás un individuo; educa a una mujer y educarás a una familia”. Sin un sesgo negativo que sobrecargue a las mujeres y confiando en que el enfoque de igualdad y respeto a los derechos siga dando frutos, lo que la expresión refiere es que el sistema occidental privilegió el avance social de los varones a través de la escolaridad formal; las mujeres, aún con la limitación en su contra de restricciones sociales y culturales, tuvieron en general un enfoque más prosocial en el aprovechamiento de su avance escolar.

El sesgo aún existe y debe indignarnos: a pesar de que en la actualidad la proporción de mujeres que cursan bachillerato es ligeramente superior a la de los hombres, sólo el 38% de las mujeres que hacen trabajos domésticos por más de 20 horas siguen asistiendo a la escuela. En el DF, el 84% por igual de varones y mujeres van a la secundaria, pero en Chiapas son el 65% de los varones y el 54% de las mujeres. El 88.6% de las mamás de alumnos de 3º de secundaria privada alcanzaron el mismo nivel que cursan sus hijos, pero sólo lo hicieron 28.1% de las mamás de alumnos de telesecundaria.

Así que tanto la educación temprana como la escolarizada tienen una alta correlación, en sus resultados, con la propia condición de las madres. Educar a las niñas de México es, además de un deber intrínseco de justicia, un poderoso impulso al desarrollo general de la sociedad… no dejemos un una sola niña fuera de la escuela.

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
 
Conoce mi trayectoria.

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