No olvidemos que se aprende en la escuela

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 30 Noviembre 2011. Publicado en David Calderón - Blog, Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 3383

De verdad que no es broma: la historia de nuestro país y, sobre todo, sus resultados educativos no están como para reír. El hecho cultural, masivo, es que se nos olvida. No se aprende en las coordinaciones territoriales, en la Oficialía Mayor, en las áreas de materiales educativos o en las oficinas de los secretarios del ramo. Se aprende en las escuelas. El resto del sistema debe confluir a ellas, orientarse según las necesidades de ellas, evaluar su relevancia y eficacia, justificar su existencia misma por ellas.

 

Todavía estamos lejos. Para empezar, las escuelas públicas no tienen identidad jurídica, y es dramático e indignante que se identifiquen con “CCTs”: Claves de Centro de Trabajo, lo que las hace equivalentes a bodegas y oficinas, que sólo debieran existir en función de ellas. Ya es bastante humillante que no se les reconozca primero como comunidades; dentro y fuera del servicio educativo, la escuela se identifica con su edificio, con su domicilio. Peor: ni siquiera eso está garantizado. A pesar de que está vigente una Ley de Infraestructura Educativa, se les llama escuelas a espacios que no tienen electricidad o acceso a agua corriente; pueden no tener aulas con techo, un patio o siquiera barda perimetral. La propiedad del suelo de más de un tercio de las escuelas mexicanas es incierto o se encuentra en disputa: las hay en zonas federales, pero ya son escuelas estatales; en terrenos municipales, ejidales, expropiados, intestados, invadidos… un verdadero galimatías a la hora de querer ordenar los servicios y encontrar una autoridad responsable.

¿Cómo se autorizaron escuelas que ni siquiera tienen edificación? Porque prevaleció no la necesidad de atención a la demanda, es decir, los niños a quienes se debía servir, sino la urgencia de abrir nuevas plazas de maestros y aliviar la presión de interinatos, de normalistas con base garantizada o de aliados político-electorales. No hay todavía escuela propiamente dicha, pero ya se cobran sueldos de maestros. Los niños deben llevar hasta su sillita y cooperarse para los gises, pero ya hay “incidencias”, como se les llama en el sistema: permisos, licencias, demandas de prestaciones; hay permutas y solicitudes de cambio, porque para algunos el tema era entrar al magisterio, pero no quedarse en esa comunidad rural o en esa barriada periférica.

Ninguna escuela pública de nivel básico en nuestro país cuenta con la posibilidad de manejar regularmente la contratación de personas y servicios. No hay dinero de operación, ni techos presupuestales; en forma atípica en el concierto de las naciones, las plazas en México están en el maestro y no en la escuela. Los directores deben llenar una multitud de oficios para solicitar las reparaciones más elementales, y contar con una paciencia a toda prueba para que les autoricen o siquiera consideren las autoridades sus propuestas de modificaciones en la construcción o en la asignación de los maestros, o hasta para realizar actividades en el entorno cercano. Los supervisores llegan poco, se designan directores sin arraigo, hay alta rotación de maestros. En resumen, la escuela mexicana no tiene suficiente autonomía para manejar sus recursos; menos aún, por supuesto, para integrar realmente a los padres o definir sus procesos educativos.

¿Nos podemos proponer metas, para que la escuela esté al centro, para que no nos olvidemos que se aprende en la escuela? Nosotros decimos que sí. Por eso, acabamos de publicar el reporte Metas, Estado de la Educación en México 2011, que se puede descargar sin costo desde la página de internet www.mexicanosprimero.org. ¿Y no es un sueño? Hubo una vez que no. El Secretario Torres Bodet y una comisión multisectorial diseñaron una expansión centrada en las necesidades de la población, el Plan de Once Años. Fue un parteaguas histórico, porque por primera vez se plantearon metas nacionales a partir de necesidades diagnosticadas con rigor.

Se trató de identificar las trayectorias posibles de los alumnos, se desarrollaron y costearon aulas tipo, se reorganizó la formación de los maestros, se involucró a Hacienda. Algunas medidas partieron de hipótesis ingenuas, en otros casos lo deficiente fue la implementación; los compadrazgos políticos y la negociación con el sindicato le restaron eficacia y coherencia a algunas medidas… lo que no puede escatimarse al ejercicio de este Plan es que buscó constantemente hacer de la escuela el referente fundamental de todos los procesos. Hoy admiramos la impecable independencia de las escuelas finlandesas o la trepidante actividad de las escuelas de Shanghai, pero ya una vez los mexicanos estuvimos a la altura del mundo en este aspecto. ¿Por qué olvidar? ¿Por qué no volvernos a proponer metas?

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
Conoce mi trayectoria.

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