



El cierre del ciclo escolar también debe hablarnos de dignidad educativa
Oscar Alvarado Barraza
Premio AEI 2023 /Sinaloa
12/06/2026
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El mes de junio representa para miles de maestras y maestros el cierre del ciclo escolar. Es una etapa donde las actividades administrativas aumentan: evaluaciones finales, reportes, evidencias, planeaciones y documentos que acompañan el término de un año intenso de trabajo. Pero también es un momento de reflexión sobre todo lo vivido dentro del aula.
Desde semanas antes, las y los docentes comenzamos a reforzar aprendizajes, acompañar a las familias, organizar actividades pedagógicas, festivales y demostraciones académicas para que niñas, niños y adolescentes consoliden lo aprendido durante el ciclo escolar. Detrás de cada actividad existe planeación, esfuerzo y compromiso.
Sin embargo, este cierre escolar de 2026 estuvo marcado por un debate nacional. El 07 de mayo de 2026, la Secretaría de Educación Pública (SEP) y autoridades estatales notificaron que en algunas regiones del país el cierre de clases se adelantaría para el 05 de junio debido a las altas temperaturas registradas en diversos estados. La noticia generó una fuerte discusión pública sobre si era correcto o no recortar el calendario escolar.
Lo preocupante fue que gran parte de las críticas terminaron dirigidas hacia las maestras y maestros. En redes sociales y distintos espacios comenzaron a aparecer comentarios como:
“Qué flojos”, “No quieren trabajar”, “Siempre buscan vacaciones”.
Pero la realidad es muy distinta. La decisión no nació desde el magisterio, sino como una medida relacionada con las condiciones climáticas extremas que enfrentan muchas escuelas del país.
El verdadero debate debería centrarse en otra pregunta: ¿realmente existe aprendizaje en aulas donde las temperaturas superan los 40 grados?
En mi caso, trabajo en una telesecundaria de la zona serrana de Badiraguato Sinaloa, donde durante mayo y junio las lluvias provocan constantes cortes de energía eléctrica. Muchas veces trabajamos sin luz, con ventiladores apagados y con salones donde el calor se vuelve sofocante. Hay días en que ni docentes ni estudiantes pueden concentrarse plenamente debido a las condiciones extremas dentro del aula.
Y, aun así, las maestras y maestros seguimos buscando maneras de enseñar. Cuando el salón se vuelve imposible, trabajamos bajo la sombra de un árbol; adaptamos actividades, permitimos ropa más ligera y hacemos pausas constantes para cuidar la salud de las y los estudiantes. Todo esto con el objetivo de no detener el aprendizaje.
Por eso, reducir el debate únicamente a “menos días de clases” es ignorar la realidad que viven cientos de escuelas, especialmente en comunidades rurales. No todas las instituciones cuentan con infraestructura adecuada, aire acondicionado funcional o electricidad constante. Hablar del recorte del ciclo escolar también implica hablar de abandono institucional, desigualdad educativa y condiciones dignas para enseñar y aprender.
Claro que un cierre anticipado genera preocupación académica. Pero también debemos reconocer que el aprendizaje no depende únicamente del número de días en el calendario.
Las y los docentes desarrollamos estrategias, reforzamos contenidos y trabajamos habilidades fundamentales durante todo el ciclo escolar. El aprendizaje también se refleja en la convivencia, la comprensión, la participación y el crecimiento humano de los estudiantes.
Más que descalificar al magisterio, este debate debería servir para valorar el esfuerzo docente y visibilizar las condiciones reales de muchas escuelas del país. Porque detrás de cada cierre escolar existe mucho más que papeleo o vacaciones: hay compromiso, adaptación y una profunda responsabilidad con nuestros alumnos.
Hoy más que nunca necesitamos entender algo fundamental: la educación también requiere condiciones dignas para enseñar y para aprender; la responsabilidad es de las y los docentes, pero también de un sistema que valora que las niñas, niños, adolescentes y jóvenes estén y aprendan en la escuela de manera óptima cada día del ciclo escolar.

Oscar Alvarado Barraza
Premio AEI 2023 /Sinaloa
Originario del estado de Sinaloa, México, es licenciado en Educación Media con acentuación en español, egresado de la Universidad Autónoma de Sinaloa; maestro en Educación por el instituto de estudios superiores de la Red Iberoamérica de Academias de Investigación. A.C, subsede Sinaloa y docente frente a grupo de Telesecundaria Multigrado Rural, en Badiraguato Sinaloa México. Colaborar como tutor en Grupo Loga S.C., donde he contribuido a la sistematización de prácticas educativas exitosas a nivel nacional. En el año 2022, fue reconocido por la Unidad del Sistema para la Carrera de las Maestras y Maestros (USICAMM) por una práctica destacada en el aula. En el año 2023, obtuvo el tercer lugar nacional en la convocatoria “Buenas prácticas e innovación en la docencia”, organizada por la sección sindical nacional, con el proyecto “Si tú me lo cuentas, yo te lo cuento: narrativa en lengua náhuatl”. Obtuvo el Premio AEI 2023, en la categoría “Ser maestro”, con el proyecto “Xixuetska: escritura creativa”, una propuesta para promover la creatividad literaria y el arraigo cultural en el aula. Actualmente, forma parte del proceso de sistematización de prácticas educativas en Fundación Pro Maestro, colaborando con la revista Pensadero, una publicación con alcance internacional que une experiencias pedagógicas de México, Argentina y España.
En el ciclo escolar actual, también desempeña funciones como tutor de maestros de nuevo ingreso, dentro de la convocatoria de tutoría USICAMM 2024-2025.
