Dar voz desde la infancia; experiencias democráticas en el Jardín de Niños María J. González Pérez

 Selene Lizbeth Guerrero Liñán, Adriana Ernestina Salazar Morales y Pammely Edith Juárez González

 Educadoras /Tamaulipas

 23 de Enero del 2026

#Tamaulipas #Educación #Preescolar #Democracia #Participación 

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En el Jardín de Niños María J. González Pérez, la democracia no se concibe como un concepto lejano ni como una teoría reservada para grados superiores. Para nosotras, como colectivo docente, la democracia se construye en lo cotidiano, en cada actividad planeada con intención pedagógica y en cada oportunidad que se brinda a las niñas y los niños para expresarse, decidir y participar, aun en medio de contextos marcados por la carencia. 

Nuestra comunidad escolar enfrenta realidades complejas, niñas y niños que llegan con el estómago vacío, con ropa insuficiente para el clima, con rutinas poco estructuradas o con escaso acompañamiento familiar. Estas condiciones no solo impactan el aprendizaje, sino también la forma en que las y los estudiantes se relacionan con ellos mismos y con los demás. Ante este panorama, la escuela asume un papel fundamental: ser un espacio seguro donde cada niño y niña sea visto, escuchado y valorado, no por lo que tiene, sino por lo que es.

Como docentes, hemos aprendido que dar voz a la infancia desde temprana edad es uno de los actos más poderosos de la educación democrática. Esto se manifiesta en actividades aparentemente sencillas, como la lectura diaria.

En nuestras aulas, leer no es únicamente decodificar palabras, es abrir la posibilidad de que las niñas y los niños expresen lo que sienten, lo que les gusta, lo que les provoca una historia.

Hemos sido testigos de cómo estudiantes que al inicio evitaban participar, comienzan poco a poco a levantar la mano para opinar sobre un cuento, a elegir su libro favorito o a pedir que una historia se lea nuevamente. Ese gusto por la lectura no surge por obligación, sino porque se sienten escuchados y respetados. 

Recordamos, por ejemplo, a un alumno que al inicio del ciclo apenas hablaba frente al grupo. A través de la lectura compartida y del diálogo constante, comenzó a señalar ilustraciones, luego a decir palabras sueltas y, con el tiempo, a expresar lo que más le gustaba de cada historia. Su voz, antes silenciosa, empezó a ocupar un lugar legítimo en el aula.

Para nosotras, ese proceso es un claro ejercicio de democracia: cuando un niño o niña descubre que su palabra tiene valor, también aprende a respetar la palabra del otro.  

Esta misma lógica atraviesa todas las actividades escolares. En el juego, en los proyectos, en las dinámicas grupales, las niñas y los niños externan sus gustos, intereses y emociones. Como colectivo docente, diseñamos experiencias donde puedan elegir, opinar y tomar acuerdos, comprendiendo que participar no es un privilegio, sino un derecho. La planeación pedagógica se convierte así en una herramienta para garantizar la inclusión real, no solo un trámite administrativo. 

Un momento especialmente significativo fue el concurso de canto. Desde su organización, se planteó como una actividad democrática; abierta, participativa y respetuosa de los ritmos y decisiones de cada estudiante. Durante los ensayos, observamos cómo las niñas y los niños expresaban entusiasmo, nerviosismo, alegría y orgullo. Encontraban en la música una forma de expresarse. 

Dos días antes del concurso ocurrió algo que marcó profundamente nuestra práctica docente. Un alumno con autismo, que hasta ese momento había participado de manera limitada en actividades grupales, se acercó y expresó su deseo de cantar. No hubo presión, no hubo exigencia externa; fue una decisión propia.

Como docentes, comprendimos de inmediato que el verdadero logro ya estaba ocurriendo. Más allá del escenario y del jurado, lo importante era que un niño había decidido alzar su voz y participar sin sentirse diferente. 

El acompañamiento fue cuidadoso y respetuoso. Se le brindó seguridad, se ajustaron tiempos y se generó un ambiente de confianza. El día del concurso, cuando ese alumno subió al escenario y comenzó a cantar, la escuela entera fue testigo de un acto profundamente democrático. No se trataba de competir, sino de reconocer su derecho a estar, a expresarse y a ser parte.

El resultado final fue un segundo lugar, pero el premio mayor ya se había ganado: escuchar esa voz y saber que había encontrado un espacio donde no fue excluido ni etiquetado. 

Este hecho reafirmó nuestra convicción de que la democracia escolar se construye cuando nadie queda fuera, cuando las diferencias no se ocultan ni se resaltan como barreras, sino que se integran con naturalidad.

Para las niñas y los niños, ver a su compañero participar fue también una lección de empatía y respeto. Para nosotras, fue una confirmación de que el trabajo pedagógico colectivo tiene sentido. 

El trabajo con las familias acompaña de manera inseparable estos procesos. Sabemos que muchas veces la falta de hábitos, de límites o de acompañamiento tiene raíces profundas en las condiciones de vida de la comunidad. Por ello, el acercamiento con madres, padres y cuidadores se realiza desde el respeto y la comprensión. Dialogamos, orientamos y construimos confianza poco a poco, convencidas de que cuando la familia se siente acompañada y no juzgada, los cambios son posibles. 

El aula se convierte en un verdadero laboratorio de convivencia democrática. Se dialoga, se negocia, se aprende del error y se celebra el esfuerzo. Las niñas y los niños descubren que su voz importa y que participar es posible sin miedo. Al vivir estas experiencias desde la primera infancia, comienzan a construir relaciones más justas que trascienden el espacio escolar. 

Como colectivo docente del Jardín de Niños María J. González Pérez, creemos firmemente que en contextos vulnerables la democracia escolar no es un lujo, sino una necesidad urgente.

Proteger la infancia implica darles voz, permitirles participar y hacerlos sentir dignos. Cada niño y niña que se atreve a leer en voz alta, a opinar, a cantar o a decidir, representa una semilla de transformación sembrada en su vida, en su familia y en su comunidad.  

Selene Lizbeth Guerrero Liñán, Adriana Ernestina Salazar Morales y Pammely Edith Juárez González

 Educadoras /Tamaulipas

Las autoras (de izquierda a derecha): Selene Lizbeth Guerrero Liñán y Adriana Ernestina Salazar Morales, originarias de Río Bravo Tamaulipas; y Pammely Edith Juárez González Originaria del Higo Veracruz, son educadoras del Jardín de Niños Profa. María J González Pérez.

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