Melodía a tres voces ¿Cómo hablar de democracia en la escuela sin escucharnos?

 Karen Alejandra Rodríguez Rodríguez, Pablo Uriel López Clara y Perla Rodríguez Durán

 Premio ABC 2021 /Veracruz

 06 de Febrero del 2026

#Veracruz #SupervisorEscolar #EscuelasDemocráticas #Escribir 

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Dicen que la democracia también tiene sonido. No es un murmullo uniforme ni una línea recta: es diálogo, es tensión que busca acordar, es el encuentro de voces que jamás podrían construir lo mismo por separado.

Cuando comenzamos a escribir para el libro Escuelas Democráticas el capítulo —“De la falda al pantalón: historias de resistencias y aprendizajes en una telesecundaria entre las montañas de Veracruz”— no imaginamos que estuviéramos componiendo más que un texto. Estábamos creando una melodía: la nuestra. Tres voces distintas —con edades, historias y miradas diferentes— que, al escucharse con atención, empezaron a encontrar un ritmo común.

Escribir no fue únicamente recordar; fue afinar lo vivido. Le dimos un nuevo compás a experiencias que en su momento pasaron rápido, pero que hoy resuenan con una profundidad inesperada. Al volver sobre ellas, descubrimos que lo cotidiano guardaba una fuerza silenciosa que apenas ahora supimos nombrar. Entendimos que, así como en la música, en la escuela la armonía no nace de la uniformidad, sino de la escucha honesta.

Y entonces surgió la pregunta inevitable: ¿cómo hablar de democracia en la escuela sin escucharnos de verdad? Lo que hallamos en el camino no fue una respuesta cerrada, sino una invitación a seguir conversando.

Muy pronto comprendimos que este proceso de escritura nos colocaba frente a espejos que no siempre habíamos querido mirar. Espejos que devolvieron preguntas antiguas, heridas que creíamos resueltas, certezas nuevas y una valentía que quizá estaba ahí desde hace tiempo, esperando ser nombrada.

Escribir en comunidad significó mirar nuestras propias experiencias con ojos menos apresurados, preguntarnos qué de todo aquello aún necesita ser dicho y qué merece ser compartido para que otras personas puedan mirar la escuela desde otro lugar.

Desde el inicio entendimos que esta historia no era solo nuestra: era también de quienes han buscado en la escuela un espacio seguro para existir, respirar y decir “aquí también estoy”.

Al volver sobre lo vivido, descubrimos que una escuela democrática no nace de reglas o discursos, sino de la posibilidad real de que las voces circulen sin miedo. Que el sentir tenga un espacio legítimo. Que la palabra no sea privilegio de unos cuantos, sino herramienta de todas y todos.

Reconocer nuestras historias nos permitió ver que la democracia sucede cuando podemos nombrar lo que nos dolió, lo que nos transformó y lo que nos hizo más fuertes. Notamos cómo la reflexión compartida iluminó dimensiones que antes solo intuíamos: momentos que en su tiempo sentimos cotidianos y que hoy revelan aprendizajes profundos sobre identidad, dignidad y libertad. 

Este proceso no solo nos enseñó a contar: nos enseñó a escucharnos. A escuchar a quienes escribían a nuestro lado, a quienes nos revisaron con cuidado, a los silencios que también cuentan. La escritura colectiva se convirtió en un acto profundamente humano, una práctica de acompañamiento donde nadie tuvo que renunciar a su esencia para que la voz común emergiera.

Cada comentario, cada sugerencia, cada lectura externa fue un puente; nunca un obstáculo. Descubrimos que escribir con otros es un ejercicio democrático en sí mismo: escuchar para comprender, revisar para crecer, ceder para que la armonía nazca.

De este recorrido nos llevamos aprendizajes que viajarán con nosotros a cualquier escuela. Aprendimos la importancia de abrir espacios donde las y los estudiantes puedan hablar sin miedo, donde sus emociones no sean minimizadas, donde puedan nombrar lo que viven con la certeza de que serán escuchadas con respeto.

Aprendimos que el vínculo entre maestras, maestros y estudiantes se vuelve una fuerza transformadora cuando se construye desde la confianza y no desde la imposición. Y aprendimos, sobre todo, que las historias personales tienen un poder que la escuela muchas veces olvida: pueden sanar, iluminar, inspirar, abrir caminos que no existían.

Al imaginar el futuro, soñamos con escuelas donde esto sea cotidiano. Comunidades educativas donde la conversación sea un acto formativo, donde la escucha sea una práctica esencial, donde las y los estudiantes descubran que su voz importa y que sus historias pueden mover el mundo.

Anhelamos aulas donde los adultos no teman aprender de las juventudes y donde cada estudiante sepa que su presencia tiene un lugar legítimo.

Hoy, al cerrar nuestro proceso de escritura compartida, sentimos gratitud. Gratitud por encontrarnos en nuestras voces, gratitud por descubrir que escribir también puede ser una forma de cuidarnos, gratitud por confirmar que la educación cobra sentido cuando transforma no solo lo que hacemos, sino lo que somos. Y sabemos que nuestra melodía no termina aquí. Una escuela que escucha es una escuela que sigue componiéndose a sí misma: afinando silencios, ampliando voces, dejando espacio para que nuevas historias entren al coro.

Si este texto despertó tu curiosidad, si te dejó con ganas de conocer las experiencias que dieron origen a esta melodía y cómo nuestras voces se entrelazan en una historia más profunda, te invitamos a leer nuestro capítulo completo, “De la falda al pantalón: historias de resistencias y aprendizajes en una telesecundaria entre las montañas de Veracruz”, dentro del libro “Escuelas democráticas. Una perspectiva desde México” en https://www.mexicanosprimero.org/pdf/investigaciones/Libro_EscuelasDemocraticas_Mexico_MP.pdf.

Esperamos que en sus páginas encuentres no solo una narración, sino una invitación a mirar la escuela desde la humanidad, desde la escucha y desde la esperanza de que siempre es posible construir espacios donde todas y todos podamos decir, con libertad: “aquí estamos, y esta también es nuestra voz.” 

Karen Alejandra Rodríguez Rodríguez, Pablo Uriel López Clara y Perla Rodríguez Durán

 Premio ABC 2021 /Veracruz

En la foto, de izquierda a derecha:
Karen Alejandra Rodríguez Rodríguez, entusiasta y talentosa estudiante de bachillerato, espera con ilusión cumplir sus sueños comenzando por estudiar Derecho, como primer paso para poder ayudar a las y los demás.
Pablo Uriel López Clara, Premio ABC 2021 es actualmente supervisor de telesecundarias modalidad frecuentemente asociada con entornos socioeconómicos vulnerables por lo que para el maestro es prioridad que todas las y los estudiantes de su zona puedan estar, aprender y participar en la escuela.
Perla Rodríguez Durán, estudiante de excelencia académica que cursa el bachillerato, su mayor sueño es convertirse en una gran doctora, poder ayudar a las personas y marcar una diferencia positiva en sus vidas.

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