

Entre el Aula y el Hogar: La Doble Mirada de Ser Madre y Profesora de Secundaria
Lilia Gema Santiago Rios
Docente /Veracruz
10 de Julio del 2026
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Todos los días me coloco frente a adolescentes ansiosos por descubrir quiénes son, intentando flexibilizar el currículo para que nadie se quede fuera, abrazando la diversidad y evaluando procesos más que números. Pero al volver a casa, me encuentro con mi otra realidad: ser madre de un adolescente que transita la misma etapa que mis alumnos y alumnas.
Esta dualidad me ha enseñado que aula y hogar no son aislados, sino espejos mirándose de frente. Es precisamente desde esta trinchera compartida donde nace la necesidad de hablar, sin filtros pero con profundo respeto, de lo que hoy significa educar.
A veces, abrumados por un entorno social acelerado, las mamás, papás y cuidadores caemos en una trampa invisible: buscar, inconscientemente, que la escuela sea un espacio donde "alguien cuide a mi hijo o mi hija y contenga las conductas que como familia no hemos alcanzado a trabajar". Es una descarga de responsabilidad nacida del cansancio o del temor. Esperamos que el o la maestra controle el desborde emocional, la apatía o la rebeldía que en casa cuesta encauzar.
Sin embargo, como maestra sé que la secundaria debe ser el espacio donde se amplifica lo sembrado en la familia. Y como madre, entiendo el dolor y el miedo que asustan al admitir que la crianza nos está rebasando.
El espejo de la práctica docente: más allá de la "buena conducta"
Soy maestra con “M” de mamá y la maternidad me ha transformado la pedagogía. Esta realidad me exige dejar atrás las respuestas puramente punitivas, ya que un reporte de disciplina o una calificación reprobatoria rara vez solucionan el fondo de un conflicto; es más, a menudo, solo levanta una barrera más.
Es aquí donde debemos cuestionar prácticas sistémicas profundamente arraigadas. Al finalizar la secundaria, solemos clasificar la conducta del estudiante o la estudiante como buena, mala o regular para cumplir con el trámite de las escuelas que exigen esa dichosa "Carta de Buena Conducta". ¿Es realmente pedagógico dicho documento? ¿En qué puede beneficiar a la conducta de las y los adolescente ser etiquetados o etiquetadas con un papel, si no se trata el problema de raíz desde sus mamás, papás y cuidadores?
Este documento, a menudo, funciona como un filtro punitivo y burocrático que estigmatiza al o a la joven, en lugar de invitar a una intervención profunda en la dinámica familiar que originó esa conducta en primer lugar.
En este caminar, la experiencia en las aulas me ha mostrado una paradoja dolorosa: con frecuencia nos encontramos con estudiantes estigmatizados bajo el sello de la "mala conducta", jóvenes disruptivos y disruptivas que en realidad guardan en su interior un sinfín de talentos por explorar y demostrar; mentes brillantes o creativas que solo esperan una mirada empática que las descubra en lugar de una sanción que las catalogue.
Por el contrario, el sistema también nos entrega alumnos y alumnas catalogados como "excelentes" o sobresalientes en la boleta, impecables en el cumplimiento normativo, pero que caminan apagados y apagadas y sin haber descubierto un solo talento o pasión propia, respondiendo únicamente a la presión de un estándar numérico. ¿De qué sirve una conducta perfecta si el ser humano que está detrás está desconectado de su propio potencial?
Atender a la diversidad y flexibilizar el currículo significa entender que si un estudiante o una estudiante no encuentra conexión ni significado en el aula, buscará pertenecer en lugares y situaciones equivocadas. Debemos evaluar el camino, el esfuerzo y la evolución emocional, no solo el resultado final de un examen o una etiqueta de comportamiento.
El espejo de la crianza: Es de valientes pedir ayuda
Como mamás, papás o cuidadores, el reto es recuperar la presencia. La adolescencia es una etapa de desprendimiento natural, pero ese desprendimiento requiere límites claros y un piso firme en el hogar.
Admitir que nuestras hijas e hijos tienen conductas que no hemos trabajado en casa no es un fracaso; es el primer paso hacia la solución. Saber buscar y pedir ayuda pedagógica o psicológica cuando la situación nos supera es un acto de profunda responsabilidad social y amorosa. La familia debe volver a ser ese núcleo donde se enseñe a gestionar las emociones, a respetar al otro o a la otra y a comprender el valor de la comunidad.
Cuando la escuela me señala una conducta irregular en mi hijo o mi hija, ¿busco alianzas con los docentes y las docentes para trabajar en equipo, o cierro la puerta por temor al juicio como mamá, papá o cuidador? ¿Nos está ganando la prisa diaria, dejando la formación de valores y el control de impulsos en manos de las pantallas o de las aulas escolares?
Hacia un proyecto de voces compartidas
Cuando transformamos el aula en un laboratorio de colaboración, el o la adolescente deja de ser el sujeto pasivo al que se le califica la conducta, para convertirse en un agente activo de su comunidad.
Cuando se sienten escuchados o escuchadas, cuando debaten con sus pares y construyen soluciones conjuntas, canalizan su energía hacia el propósito y no hacia la disrupción.
La invitación es a firmar un pacto invisible de respeto y colaboración. Como docentes miremos los procesos con más humanidad, flexibilidad y menos afán punitivo o burocrático y que como mamás, papás o cuidadores asumamos la responsabilidad afectiva de nuestra primera sociedad, perdiendo el miedo a levantar la mano para decir: "necesito ayuda".
Solo cruzando estos dos mundos desde el amor, la responsabilidad compartida y el respeto a la voz de nuestros y nuestras jóvenes, podremos ofrecerles la secundaria que realmente merecen: un espacio seguro para aprender, pertenecer y crecer.

Lilia Gema Santiago Rios
Docente /Veracruz
Soy ingeniera bioquímica en alimentos y profesora con 19 años de experiencia en el sector público y privado. Orgullosamente hija de artesanos oaxaqueños, he heredado valores como la paciencia, la creatividad y el respeto por el trabajo manual, que ahora aplico en la ciencia y la pedagogía. Mi vocación docente va más allá de enseñar fórmulas; busco despertar en mis alumnos la curiosidad por la naturaleza que tuve de niña. He fusionado mi rigor técnico con una visión humanista, liderando proyectos de sostenibilidad educativa para promover el cuidado ambiental. Mi mayor inspiración son mis hijos, Mathi y Samy, quienes representan mi compromiso con el futuro. Para mí, la enseñanza es un acto de amor y el conocimiento una herramienta para transformar realidades y construir un mundo mejor.



